Turista de vida, sembrador de eternidad

La vida se resuelve.
Y más aún cuando se crea, se diseña,
cuando se es un incansable constructor de ideas, un ejecutor del destino.

Los inolvidables, con sus palabras,
dejan en corazones como el mío
un peso más en sus bolsillos de desdicha.
Pero mi alegría… es un mundo transformado por mi creatividad.

No es este escrito su mérito,
ni mi voz interna,
que traza mil caminos posibles.
Los moldes son rutas grabadas sobre piedras,
caminos antiguos, cultos, pintados de blanco, rústicos, artesanales.
Soy un turista de vida,
un sembrador de eternidad.

Sus fantasías son castillos,
pero las mías… son caminos.
Eternos.
Todo es añadidura.
Mientras otros sirven riquezas en mesas ostentosas, mi tesoro es la paz y el gozo
con los que amo y apenas empiezo a conocer.

Ellos corren con labios veloces,
devorando días.
Yo… amo el proceso,
respiro el intervalo.
Visiones y angustias donde un día parece ser eterno, pero a todos nos depara el mismo destino.
Y yo, haciendo oraciones
para sellar mis ojos con la eternidad.

Riego mi huerto.
Mientras muchos espían a sus vecinos,
yo veo la riqueza de una casa habitada,
el don en las manos, los gestos que perduran para siempre.

No sé qué dirán sus lápidas,
pero en la mía…
espero inclinar el rostro
de Aquel que escribe mi vida
en letras y latidos.

Lo justo para los justos.
Pero la vida también ofrece limones… y sonrisas, abrazos que no acaban,
palabras que se vuelven eternas,
como antiguos devocionales.

Somos polvo de estrellas, sí.
Pero en manos del Gran Diseñador,
los instructivos del alma
pesan más que cualquier cima ofrecida
por un mundo superficial.

Romanos 14:8

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